Jill
He estado dos horas con una chica irlandesa para un intercambio de conversación pero no creo que tenga ningún interés en mi. Y esto me jode porque pienso "¿por qué esta tia no está interesada en mi?". La chica está bien pero tampoco es nada del otro jueves. Tendrá unos 27. Es nuestra segunda cita. Le tiré sutilmente los tejos pero no funcionó. La conversación discurrió sobre temas sentimentales, experiencias pasadas, el amor, etc. Eso sí funcionó, pero se prolongó demasiado. Me irritaba su exceso de confianza, la prefería un poco más tímida. Sé que no hay nada que hacer porque trato de desviar el café a la cerveza pero no lo acepta, prefiere quedarse en el café. Un café es un no, es el terreno neutral. A veces conectábamos pero a veces me dejaba abrumar por la responsabilidad de la situación, me planteaba cual sería la postura adecuada. ¿Debería mirarla ahora a los ojos? ¿Debería descansar el mentón en mi mano? ¿Acaso no convendría una posición más expansiva?. Mientras me preocupo por adoptar la postura más atractiva me habla de sus novios y de la vida en España y a veces me quedo perdido y supongo que, de alguna forma, ella advierte mi desconcierto, mi ausencia.
Dijo "me gustan los hombres independientes" yo respondí "pertenezco a la Asociación de hombres independientes españoles". Pero no funcionó, tuve que explicarle. Sin embargo creo que la conversación fluyó bien pero le faltó un poco de chispa, de gracia. Lo que pasa es que la gracia surge cuando se dan ciertas condiciones. Cuando hay más cosas que compartir y uno está inspirado y tiene una confianza de granito. En el pasado estas cosas eran más sencillas. Uno le gustaba a una chica y ya está. Uno le pedía una cita a una chica y ya está. No estaba dentro del guion que la seducción viniese antes mediante la conversación. Nos despedimos en la esquina del Starbucks con dos besos. Noté su cutis perfumado, su piel fresca y todavía joven al contacto con mis labios. Le expliqué que me marchaba "for good" (así se dice cuando te vas para siempre), me dijo que haría lo posible por que nos viésemos "para un pequeño café". Pero yo no quiero un café Jill. Quiero acostarme contigo. Quiero una cena, una copa, un baile. Me dice que ha tenido recientemente muchas relaciones pequeñas. Me recordó a esa escena de la película Sueños de un seductor. Muchas relaciones cortas, muchos hombres que han gozado de esta delicia irlandesa. ¿Y yo? Para mi un cafelito. Un humillante cafelito.
Sé que hay algo melancólico en mi, algo que deja escapar mi mirada, como de una tristeza profunda, de un niño que se hunde en el fondo de mis pupilas, que dice adiós mientras se ahoga en un remolino de recuerdos. Tal vez sea la última vez que vea a Jill, con la que me hubiese gustado tener niños sanos y rubios. Jill, que tanto se parece a la Lean de hace diez años, con sus pestañas rubias y sus ojos azules. Hay algo similar en esos labios finos, en la forma particular de los gestos, de la mímica con la que refuerza sus frases, siempre actuando. Un cafelito. Esa es toda la conquista de esta noche. Mi melancolía es un barco chirriante, un galeón que no acaba de hundirse y que grita desde mis pupilas. Y así Jill se aleja porque nadie quiere dejarse arrastrar por un barco que se hunde.

Nicolás Fabelo dijo
" Dijo "me gustan los hombres independientes" yo respondí "pertenezco a la Asociación de hombres independientes españoles". Pero no funcionó, tuve que explicarle."
En ese caso, amigo, no valía la pena...
21 Enero 2011 | 06:47 PM