El río de chocolate
Mi vida aquí es tan absurda y prescindible que podría desaparecer en este minuto y el mundo seguiría avanzando sin advertirlo, las noticias seguirían publicándose, los amaneceres multiplicándose, los besos, las plazas y las pizzas continuarían repartiendo alegrías. He aquí, que en julio de 2010 estoy en Belfast, disfrutando de una deliciosa tarde de verano, ese suave verano del norte, con una brisa que mece apenas las alargadas acacias de la avenida que delimita el río. Frondosos jardines me rodean, amables vecinos que me saludan y me hacen comentarios sobre el tiempo, esa obsesión británica que jamás comprendí, en parte porque vivía en un sitio en el que el buen tiempo es la norma.
Cada vez que regreso, en el número 7, observo algo que me maravilla: los viajeros descienden por la única puerta del autobús: la puerta delantera. Y al hacerlo, le dan las gracias al conductor. ¿No es maravilloso? Alguna vez he visto algo parecido en España pero sin duda no ocurre como aquí: siempre. Cuando bajo del autobús me veo impelido a decir ese gracias, entregar esa dádiva al conductor me hace sentirme bien, por alguna razón, pero, por otro lado me resulta tan extraño que me cuesta un poco hacerlo. Me fuerzo a hacerlo, me imagino una concatenación de catástrofes si no digo gracias. Me aposto cerca de la puerta, preparado para decirle gracias, ya llego, me aproximo, tengo que decirlo con voz firme, que lo oiga, de otro modo no vale. Gracias, gracias, le dicen todos. A veces el conductor responde, se despide, dice de nada. Increíble.
En Las Palmas me aturden la sucesión de peluquerías orientales en las esquinas, los comercios cerrados, la vida sosegada y un poco triste de las plazas, el tedio del fútbol en las terrazas. Las Palmas es una novia antigua que me seduce, que me susurra obscenidades, que me convence por su entrega total. Pero es una trampa, una celada en la que caigo sistemáticamente. Nada hacia ti me acerca, todo de ti me aleja, como del mediodía, escribe Neruda. La luz inunda mi apartamento de Las Palmas y tengo el privilegio de ver el mar desde que me levando. Tengo todo lo que un hombre pudiera desear y, sin embargo, una vez fuera no deseo volver. Sólo me atrae el miedo, el susurro de la ciudad y sus certezas amables que me hablan de una vida segura y plácida, donde todo es conocido, donde los riesgos están bajo control.
Estaré condenado a vagar por la región de la melancolía, como uno de esos icebergs desprendidos del continente y repletos de pingüinos atónitos. Estaré condenado a pasar por las estaciones de la nostalgia, la idealización y la culpa, en círculo, como un trenecito eléctrico que proyecta mi sombra atormentada sobre la pared. ¿Existe alguna puerta acaso, que pueda abrir en cierto momento y salir huyendo? ¿Dónde estaría yo se me hubiese atrevido a dejar la isla, si hubiese tenido el valor de hacer aquellas cosas que me gustaban y para las que estaba inclinado de forma natural? ¿dónde viviría ahora? ¿Quiénes serían mis amigos? ¿con quién estaría casado? ¿dónde están ahora esas mujeres que tendría que haber amado si hubiese seguido el camino natural, el que marcaban los genes, el que indicaba mi corazón? Quizá en alguna parte de Madrid hay una mujer llamada Marta que yo tenia que haber amado pero nunca nos llegamos a conocer por mi cobardía, por mi atolondramiento, por mi vagancia. Al final he acabado en ninguna parte, en la isla de la melancolía, golpeado por la soledad y el fracaso, aturdido y asustado como esos pingüinos, buscando, soñando un nuevo destino, otra oportunidad, en otra ciudad, en otro trabajo. Una oportunidad de hacer algo más auténtico en lo que poder creer aunque fracase.
Belfast tiene un río, se llama Lagen. Cuando vuelvo a mi casa tengo que cruzar el río, sus aguas oscuras, densas, lentas, parecen de chocolate, El río Lagen separa un barrio católico de otro protestante. Nada más cruzarlo dos banderas británicas ondean desde lo alto de dos farolas para anunciar la entrada en zona protestante. Si no fuese por este detalle no tendría ni idea que de el río es una frontera; tras el río de chocolate surge, como un susto, un parque enorme, el Ormeau Park. Con sus robles, encinas, nogales y plátanos. En pleno verano se sienten los anticipos del otoño, lo que me hace sentirme melancólico. Algunas hojas amarillas matizan con motas de color el césped.
Cruzo el río Lagen y parece que estoy cruzando una linde en mi vida, en este viaje hacia ninguna parte. La linde que me separa de ella, donde nuestros caminos se bifurcan definitivamente.


La niña mala dijo
Maaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaarrrtaaaaaaaaaaaaaaaaaa
Maaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaarrrrtaaaaaaaaaa
la vocal más abierta
el sonido más puro que sale de la garganta
el más luminoso
y repetido en un disílabo perfecto
eso es tu nombre
si uno grita, lo primero que sale es A
AAAAAAAAAAAAAAA
tienes nombre de manzana
nombre de plata, de luna, de roca
nombre descubierto bajo una enredadera
sale tu nombre de las raíces de lo humano
es una bicicleta montada sobre
la vocal más frecuente
de nuestro idioma
esa a que es tan natural, que es como un lago
A
la primera y más hermosa
que viajó con nosotros
desde los cananeos, desde los griegos
A
tu nombre es una fruta
creo que tu nombre es precioso
la verdad es que sí
además, a es la vocal femenina
por excelencia
y la llevas por duplicado
tal vez por eso eres tan femenina
tal vez por eso, todo lo femenino se enrosca en ti
te sube por las piernas
te enloquece, a veces
te confunde
DISFRUTA DE LO QUE TE DA LA VIDA!!! No vivas inmerso en lo que fue y pudo no ser, no tiene sentido,sólo te castigas ti mismo una y otra vez.En la vida todo pasa por algo.
27 Septiembre 2010 | 12:55 AM