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La Coctelera

Josef K

Primeros aguafuertes

13 Julio 2010

Aeropuerto Internacional

 Regreso a Belfast con el corazón encogido y me recibe una noche de primavera, de árboles lánguidos y extrema soledad. Cuando, pasada la medianoche, salgo del aeropuerto pomposamente llamado Internacional,  descubro que no hay autobuses ni taxis. Sólo la noche cerrada y algunos empleados rezagados que regresan a sus casas. El frío agudiza mi aturdimiento, pregunto, no hay más taxis, no quedan vuelos ni pasajeros. ¿Estaré muerto y no me habré dado cuenta? La situación resulta inquietante; podría llamar a un taxi pero mi móvil tiene la batería agotada y tampoco tengo el cargador a mano. De repente un taxista mayor, emerge de la nada, le pregunto, se ofrece encantado y ahí estoy, dentro de su cab camino de Belfast. La noche oscura, acechante, los árboles tristones, con los brotes de la primavera aún sin hojas. Hablamos de fútbol, de España y el sol. Todos los taxistas de Belfast adoran España, el clima, el fútbol. Siempre soy inquerido acerca de mis filias, ¿del Barcelona o del Madrid? No debieron dejar salir a fulano, ¿no cree que mengano es muy bueno? Llego a mi calle, St Judes Crescent. Tengo que despertar a mi amigo italiano y es la una y media. El taxista se preocupa por mí, espera a que Alberto salga a abrir la puerta y sale de su taxi a despedirme: no quiere dejarme tirado en mitad de la noche norirlandesa. Nos despedimos con un apretón de manos. Y aquí estoy, en mi cuarto sencillo, que me recuerda al del cuadro de Van Ghogh, con su silla, armario, suelo de madera con nudos. Una lámpara sobre la única mesilla que da una luz amarilla a toda la estancia, una ventana que encara uno de esos patios británicos, misteriosos, un poco destartalados, a veces con un jardín , a veces simplemente abandonado. Patios que se ramifican en la distancia con casas, todas similares, de ladrillo rojo, con variaciones de ese diseño único victoriano que se replica como un clon imposible por todo el país, de una forma obsesiva, incomprensible, sobre todo, para un extranjero. Me instalo en mi habitación de Van Ghogh, tras las cortesías de rigor, y me siento confortable, tranquilo y melancólico. Con ganas de enviar mensajes de texto sin saber muy bien a quién. El frío me acuna, me reconcilia con la situación gracias al confort de la habitación, con la cama, que parece el mejor de los mundos tras el edredón nórdico. Abro la ventana para que penetre el frío en la habitación. He comprobado que mi sueño es mejor, más profundo, más reparador, si la temperatura de la habitación disminuye. He de entregarme a ese sueño antes de que mis pensamientos regresen y me hieran y me dejen abandonado e insomne en mitad de la noche, como un niño perdido en la intemperie.

 

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