31 Diciembre 2011
Vago por las calles aturdido por esta soledad sin límites, sin orillas, que el tedio acentúa de forma inclemente. A veces me dejo sacudir por una maraña de nostalgias que me ciegan, momentáneamente, como un ovillo sobre la cara, como escamas sobre los ojos. Pero todo es un engaño. La isla me embriaga con el viento fresco y el sol intacto dejando una postal alegre ante mis ojos. La vida segura, agradable, que casi nadie puede llevar, la tengo yo, es una tentación poderosa, inevitable y me agota luchar contra esta certeza. Quiero, sin embargo, huir de aquí.
Salgo de la filmoteca y, en los aseos del teatro, recién remodelado, ese empapelado gris y los sanitarios relucientes, blancos, me recuerdan, por alguna razón a aquel hotel de Praga, ¿cómo se llamaba? recuerdo aquella noche de bochorno y aquel enfado. Recuerdo aquella sensación tan terrible en ese viaje e Irene leyendo en el tren, con una falda blanca y las piernas sobre el asiento de enfrente. Me había comprado dos ediciones de "Carta al padre", de Kafka, libro que he leido y releido tantas veces que algunas partes me las sé de memoria, en particular ese comienzo.
Querido padre: el otro día me preguntaste que por qué te tengo miedo, como de costumbre, no supe qué responderte, en parte por el propio miedo que te tengo...
Las dos ediciones eran idénticas solo que una era en francés. Pensaba yo, ingenuamente, que esto me permitiría aprender francés al cotejar una frente a la otra. El tren cruzaba el centro de Europa en busca de un famoso balneario y el calor seco y rotundo nos dejaba una vaga sensación de felicidad. Había dentro de mí el sordo rumor de la ruptura, tantas veces deseada, nunca ejecutada y me dedicaba a enviarle sms a mi amante. Recuerdo que le escribí "no sabe lo que le espera". Tan convencido estaba de mi determinación, de que sería capaz de decirle, al final, lo que realmente pensaba de nuestra relación.
Ayer salí. Un día raro, creo que miércoles o martes. Quedé con Rubén en una terraza cercana, de esas que en los 80 tenían mesas blancas de plástico duro de coca-cola. Allá me esperaba Rubén con dos chicas. Una de ellas, Andrea, la mejor, tenía algo pero le faltaba cierta distancia para ser guapa. Todavía joven pero frisando la treintena, llevaba un poco de escote, un top a rayas, vaqueros y un pañuelo jipi. Había algo interesante en esta chica pero no llegaba a convencerme: de mirada lángida, ojos un poco saltones pero grandes, labios finos. Junto a ella se sentaba su amiga Dunia, de labios gruesos y ojos grandes y una cara pequeña que acentuaba la desproporción de estos órganos. Sus ojos parecían siempre húmedos, lo que le confería cierta cara de susto, como si acabase de levantarse. Llevaba una indumentaria con algo de 15M fashion, un vestido con unos vaqueros debajo, un abrigo que parecía comprado en un mercadillo. Pelo moreno, fino y voluminoso que acentuaba su caracter de susto, caía denso y enorme en pequeñas ondulaciones. Andrea hablaba con voz dulce, fina y con un punto de reserva permanente, como si no se fiase de mí. Dunia era más explosiva, con movimientos nerviosos y luego estaba Rubén. La presencia de Rubén ocupaba todo el espacio imaginario del grupo: postura expansiva, cigarro tras cigarro, dominando la situación como un torero, como un argentino convencido de ser argentino. A veces, su tono de voz didáctico, sólido, convincente, me recordaba a Michi Panero en "El Desencanto". Me recordaba su elocuencia, sus argumentos bien hilados, bien traidos, como un pan de calidad amasado en la tranquila tahona de la cultura. y fermentado con lecturas. Ahí estaba él dando lecciones, hablando como si no hubiese sombra de duda, con un convencimiento total que, ciertamente, me desmoronaba un poco. Dijo algo que me hizo reflexionar sobre mis propios errores: el pigmalión. Un conocido suyo, hombre culto o semiculto -lo que es todavía peor que ser inculto- consigue seducir a una chica joven y guapa y entonces comienza el deslumbramiento y el adoctrinamiento. El culto o semiculto quiere educar a la chica: la lleva a ver determinadas películas, la acompaña a exhibiciones, le pide que lea ciertos libros. Rubén ser burla: no tiene sentido cambiar a tu novia, compañera, pareja o lo que sea. No tiene sentido. Uno puede disfrutar con esa persona, aprender o no, compartir o no, pero no pretender cambiarla. Hay algo muy digno en lo que dice y comprendo que yo también intenté cambiar a Irene, convertirla en una chica moderna y sexy, en una de tantas que me topaba por las calles y a las que deseaba desconsoladamente. Rubén sigue, cigarro que te viene, sonrisa, dominio, postura expansiva, se crece y las chicas parecen encantadas.
A los pocos minutos de estar en la terraza me doy cuenta de que estoy en terreno hostil. Enzarzada en una discusión sobre la terminología de la ropa femenina con su amiga Dunia me aspeta a bocajarro "¿eres peninsular?". Me sentí como un judío en un control de pasaportes nazi preguntado "¿eres judío?". Sí, soy peninsular. ¿Cómo se le llama a este tipo de prenda en la península?. La verdad, no tengo ni idea. Seguimos hablando. Resulta que las chicas han estudiado, sin concluir, filología hispánica. Pero yo soy economista lo que ellas identifican con varias cosas: en primer lugar me suponen un genio de las matemáticas, cuando siempre se me han dado mal. En segundo lugar creen que se me da bien ganar dinero cuando no soy más que un profesor sujeto a una nómina. En tercer lugar consideran que me gusta más el dinero que a ellas y que por tanto, estoy en una posición de inferioridad moral e intelectual. Todo esto son prejuicios estúpidos porque en la propia conversación se revela que mis conocimientos e interés por la literatura son, al menos, tan amplios como los suyos. Hablamos de Salinger y El Guardián entre el centeno, libro que me parece bueno, pero no tan bueno como piensan los americanos. Libro que he leido tres veces, dos en inglés. Hablamos de García Márquez y les recito de memoria la primera frase de Cien años de soledad. Hablamos de Cortázar, hablamos de unos y de otros. Nada de esto parece impresionar a Andrea, a la que me he puesto como objetivo. No es que me interese especialmente: simplemente quiero ver si soy capaz de seducirla.
Las chicas beben demasiado. Ruben se expande, perora, nos educa, nos enseña y finalmente acaba parodiando a un argentino. Acabamos en un local con música en directo. Andrea ha bajado un poco la guardia conmigo. Han empezado las bromas y he sacado algo del catálogo. Se nos pega un sujeto imberbe al que debo sacarle dos décadas. Pregunta de qué nos conocemos. "Fue mi segunda mujer", "nos conocimos en un curso de poesía en la complutense en 1983". A partir de ahí es una excusa para que ella me llame cariño y yo responda "amor" y pueda toquetearla un poco la manita, el muslo, etc. de forma suave, inadvertida, como si fuese de lo más normal. La última estación de la noche fue un local de la calle Buenos Aires, un nombre adecuado para un grupo liderado por un paraargentino. El local en cuestión es pequeño y estaba preparado para la música en directo. Había un tipo tocando una guitarra eletroacústica. No lo hacía mal pero su selección de canciones era un auténtico puro. El tipo invitó a cualquiera del público a interpretar algo con su guitarra. Mi "esposa" insistió y me convenció para que saliese. Tengo muy estudiada Chica de Ayer, punto, tal vez de convergencia entre los públicos que allí se reunían. La guitarra tenía un sonido cristalino: arranqué con los primeros acordes, sonaba tan bien que mi voz salió segura, dominando cada nota de una canción que he tocado cientos de veces, literalmente. Fue fantástico. Terminada la jam session estaba seguro de que ella caería en mis brazos, enamorada, entregada. Eso era todo lo que quería. No quería ir más allá, acostarme con ella, besarla. Solo quería seducirla. Pero ahí estaba Rubén, tremendo, enorme, puro en su dominio de la noche. Y apareció un sujeto vestido como Foucault, como con un traje de los años 60. Allí murió la noche: con Foucault. Cuando mi falsa esposa se marchó decidi marcharme definitivamente, como siempre contento de descansar, de poder dormir, como si dormir fuese el objetivo, falto ya de energías en este tramo crucial de mi vida.Foucalt no es el filósofo francés sino un canario que es profesor de filosofía en un liceo francés en Paris. Ah, París, Ah... si yo fuese profesor en un liceo de París. ¿No estaría más satisfecho con mi vida?
Son las cuatro de la mañana y la brisa baja un poco fresca en la calle Buenos Aires. Noto la quietud de la madrugada mientras bajo en busca de un taxi. Pienso, pienso en mi vida, en esta sucesión de decepciones que me hieren un poco. Pienso en mi sitio en el mundo y sé que me he equivocado. Me equivoqué en la vida. Bajo la pendiente de Buenos Aires, busco ese taxi a las cuatro de la mañana, con un poco de frío y me siento solo, extraño, agotado. Pienso en Andrea, en Foucault, en Paris y en mi vida. El trabajo incorrecto, la ciudad equivocada, tal vez, la mujer equivocada. ¿Hay eperanza para mí? En cierto modo derrotado por la vida. Cuando uno vuelve con 40 años en un taxi, a una casa donde no te espera nadie, en una ciudad donde no querrías vivir, hay una sensación de derrota, de pasar por la vida como un intruso, de haber recibido buenas cartas pero haberlas perdido todas con un pésimo juego.
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9 Mayo 2011
Yo he conocido la moderna Yakarta en una noche de lluvia tropical montado en la grupa de la moto que Verónica conducía con mano diestra por las grandes avenidas iluminadas, jalonadas de rascacielos de acero y hormigón y moteadas de palmeras. He conocido el resto: un interminable laberinto de callejuelas pobremente asfaltadas o simplemente de tierra, donde se suceden miles de casas humildes, pequeños talleres y negocios diminutos de todo tipo. Agarrado a Verónica como una lapa, como un musgo, he atravesado Yakarta y he percibido el olor profundo del trópico y el caos de Asia apelmazados como elementos de una aleación única.
Habíamos cenado en un restaurante italiano llamado Peppe Nero cuya carta sólo está en inglés e italiano porque se supone que los nativos no tendrán acceso a esos precios. Verónica se había cambiado en el baño: se puso un traje ajustado, negro pero con iridiscencias plateadas. Un traje que se cruzaba en el pecho dejando un escote generoso. Se había maquillado y puesto sus tacones de aguja y estaba feliz, entregada, tranquila esperando un anillo que no llegaba. Yo sabía que este era el escenario para el anillo pero no lo tenía, no quería pedirle matrimonio. ¿Por qué? No lo sé. La veo tan sensible, pura, tan buena persona y de algún modo la amo, pero no la amo del todo. La veo en su contexto y siento rechazo. Es como entrar en un mundo ajeno, con unas reglas y una estética que no tienen nada que ver con mi mundo. Comimos ravioli y prosciutto con melón. Bebí una cerveza y ella tomó agua porque no bebe alcohol ni tampoco zumos, café o té. La luz tenue y las velas de la mesa profundizaban el brillo de sus pupilas que, por momentos parecían adquirir el tono previo al lagrimeo, como si estuviese emocionada por la situación, por mi mano sobre su mano, por mis palabras de amor.
He visto la lluvia tropical de Yajarta caer sobre mí en un delirio de luces y palmeras, desde el asiento de atrás de una moto agarrado a Verónica como el musgo a la roca. Juro que sentí amor en ese momento.
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5 Marzo 2011
Pues al final salí. Mi amiga, que es venezolana, quiso acompañarme. En fin, Venuezuela y salsa. Podemos imaginarlo. Como preguntarle a un español si le gusta el jamón ibérico. Me dijo “un momento, necesito ir a casa para ponerme tacones”. Parece que, para bailar, las mujeres necesitan tacones, por increíble que nos parezca. Una hora más tarde vino a buscarme al hotel y estaba transformada: leggins, tacones y una especie de trajecito ajustado. Tiene buen tipo pero no es bonita. No obstante se había maquillado, duchado, perfumado. Estaba mas deseable que nunca; se aproximaba a ese umbral necesario pero no llegaba. Allá fuimos.
Se trataba de un local llamado The Empire, junto a la Botanic Station. Local enclavado en un edificio egregio que merecería un destino más noble pero que ha terminado convirtiéndose en una discoteca, como con frecuencia sucede en este país.
En general me siento torpe en las discotecas. Antes de que comenzase la salsa Claudia me explicó los pasos básicos. Hicimos varios ensayos y después… zas… a bailar. La chica se movía como una gacela, como una sirena si es que las sirenas se mueven. Por momentos disfruté realmente bailando a pesar de que me sentía como un paquidermo, rígido y torpón como si fuese un alemanote. Pero funcionó. Realmente es divertido bailar. En cierto momento me dije "¿cómo he podido pasar toda mi vida ignorando esto?”. Así discurrió la noche dulcemente, bailando con algunos descansos hasta que acabo la música a la una. Hora muy razonable para volverse a casa.
A veces, cuando metía la cara cerca de su cuello, y sentía su perfume, su pelo fuerte, fresco, denso, la deseaba. Sentía su oreja en el roce con la mía… y pensaba “¿y si es ella la que quiere algo de mí?”. La abrazaba y ella, con su cuerpo ligero, fibroso, elástico, se dejaba hacer. Notaba su cuello pasar tan cerca de mis labios, como una fruta llena de fragancias. La deseaba un poco pero yo no tenía ninguna intención de besarla. No me gusta, no es bonita, pero es injusto que no sea bonita.
Al final, la acompañé a su casa, sita en una calle solitaria, silenciosa, de viviendas sin jardín, algunas abandonadas. Nos dijimos adios frente a una puerta desvencijada, ella con la llave metida y la puerta entreabierta y el gesto de espera, los labios un poco abiertos, con el lápiz de labios fresco. ¿Se lo habría retocado en el baño? Se merecía un beso, por la situación, por la clase de salsa, por la vida. Por la vida solitaria en calles silenciosas de una ciudad perdida. Por la inmensa tristeza de esos vacíos urbanos que se producen en las ciudades anglosajonas, que tienen tan poca luz artificial. Adios, buenas noches, le dije dando dos pasos hacia atrás. Las luces desfallecían a nuestro alrededor, no había nadie en la calle y ella con un pie dentro y sus labios brillando entreabiertos, esperando esa dádiva que no llegaba, que nunca llega, que sin duda merecía después de tanto esfuerzo. Quedé un segundo ensimismado en la magia de ese instante. Un tren salía, a lo lejos, de Botanic Station y oímos su silbido melancólico, en la distancia. Buenas noches, dije, y di media vuelta hacia mi hotel pensando que tal vez ella me miraba alejarme mientras mis pasos resonaban en la quietud de esa calle y mi imagen era engullida por la penumbra de la noche.
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21 Enero 2011
He estado dos horas con una chica irlandesa para un intercambio de conversación pero no creo que tenga ningún interés en mi. Y esto me jode porque pienso "¿por qué esta tia no está interesada en mi?". La chica está bien pero tampoco es nada del otro jueves. Tendrá unos 27. Es nuestra segunda cita. Le tiré sutilmente los tejos pero no funcionó. La conversación discurrió sobre temas sentimentales, experiencias pasadas, el amor, etc. Eso sí funcionó, pero se prolongó demasiado. Me irritaba su exceso de confianza, la prefería un poco más tímida. Sé que no hay nada que hacer porque trato de desviar el café a la cerveza pero no lo acepta, prefiere quedarse en el café. Un café es un no, es el terreno neutral. A veces conectábamos pero a veces me dejaba abrumar por la responsabilidad de la situación, me planteaba cual sería la postura adecuada. ¿Debería mirarla ahora a los ojos? ¿Debería descansar el mentón en mi mano? ¿Acaso no convendría una posición más expansiva?. Mientras me preocupo por adoptar la postura más atractiva me habla de sus novios y de la vida en España y a veces me quedo perdido y supongo que, de alguna forma, ella advierte mi desconcierto, mi ausencia.
Dijo "me gustan los hombres independientes" yo respondí "pertenezco a la Asociación de hombres independientes españoles". Pero no funcionó, tuve que explicarle. Sin embargo creo que la conversación fluyó bien pero le faltó un poco de chispa, de gracia. Lo que pasa es que la gracia surge cuando se dan ciertas condiciones. Cuando hay más cosas que compartir y uno está inspirado y tiene una confianza de granito. En el pasado estas cosas eran más sencillas. Uno le gustaba a una chica y ya está. Uno le pedía una cita a una chica y ya está. No estaba dentro del guion que la seducción viniese antes mediante la conversación. Nos despedimos en la esquina del Starbucks con dos besos. Noté su cutis perfumado, su piel fresca y todavía joven al contacto con mis labios. Le expliqué que me marchaba "for good" (así se dice cuando te vas para siempre), me dijo que haría lo posible por que nos viésemos "para un pequeño café". Pero yo no quiero un café Jill. Quiero acostarme contigo. Quiero una cena, una copa, un baile. Me dice que ha tenido recientemente muchas relaciones pequeñas. Me recordó a esa escena de la película Sueños de un seductor. Muchas relaciones cortas, muchos hombres que han gozado de esta delicia irlandesa. ¿Y yo? Para mi un cafelito. Un humillante cafelito.
Sé que hay algo melancólico en mi, algo que deja escapar mi mirada, como de una tristeza profunda, de un niño que se hunde en el fondo de mis pupilas, que dice adiós mientras se ahoga en un remolino de recuerdos. Tal vez sea la última vez que vea a Jill, con la que me hubiese gustado tener niños sanos y rubios. Jill, que tanto se parece a la Lean de hace diez años, con sus pestañas rubias y sus ojos azules. Hay algo similar en esos labios finos, en la forma particular de los gestos, de la mímica con la que refuerza sus frases, siempre actuando. Un cafelito. Esa es toda la conquista de esta noche. Mi melancolía es un barco chirriante, un galeón que no acaba de hundirse y que grita desde mis pupilas. Y así Jill se aleja porque nadie quiere dejarse arrastrar por un barco que se hunde.
servido por josefk
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26 Septiembre 2010
Mi vida aquí es tan absurda y prescindible que podría desaparecer en este minuto y el mundo seguiría avanzando sin advertirlo, las noticias seguirían publicándose, los amaneceres multiplicándose, los besos, las plazas y las pizzas continuarían repartiendo alegrías. He aquí, que en julio de 2010 estoy en Belfast, disfrutando de una deliciosa tarde de verano, ese suave verano del norte, con una brisa que mece apenas las alargadas acacias de la avenida que delimita el río. Frondosos jardines me rodean, amables vecinos que me saludan y me hacen comentarios sobre el tiempo, esa obsesión británica que jamás comprendí, en parte porque vivía en un sitio en el que el buen tiempo es la norma.
Cada vez que regreso, en el número 7, observo algo que me maravilla: los viajeros descienden por la única puerta del autobús: la puerta delantera. Y al hacerlo, le dan las gracias al conductor. ¿No es maravilloso? Alguna vez he visto algo parecido en España pero sin duda no ocurre como aquí: siempre. Cuando bajo del autobús me veo impelido a decir ese gracias, entregar esa dádiva al conductor me hace sentirme bien, por alguna razón, pero, por otro lado me resulta tan extraño que me cuesta un poco hacerlo. Me fuerzo a hacerlo, me imagino una concatenación de catástrofes si no digo gracias. Me aposto cerca de la puerta, preparado para decirle gracias, ya llego, me aproximo, tengo que decirlo con voz firme, que lo oiga, de otro modo no vale. Gracias, gracias, le dicen todos. A veces el conductor responde, se despide, dice de nada. Increíble.
En Las Palmas me aturden la sucesión de peluquerías orientales en las esquinas, los comercios cerrados, la vida sosegada y un poco triste de las plazas, el tedio del fútbol en las terrazas. Las Palmas es una novia antigua que me seduce, que me susurra obscenidades, que me convence por su entrega total. Pero es una trampa, una celada en la que caigo sistemáticamente. Nada hacia ti me acerca, todo de ti me aleja, como del mediodía, escribe Neruda. La luz inunda mi apartamento de Las Palmas y tengo el privilegio de ver el mar desde que me levando. Tengo todo lo que un hombre pudiera desear y, sin embargo, una vez fuera no deseo volver. Sólo me atrae el miedo, el susurro de la ciudad y sus certezas amables que me hablan de una vida segura y plácida, donde todo es conocido, donde los riesgos están bajo control.
Estaré condenado a vagar por la región de la melancolía, como uno de esos icebergs desprendidos del continente y repletos de pingüinos atónitos. Estaré condenado a pasar por las estaciones de la nostalgia, la idealización y la culpa, en círculo, como un trenecito eléctrico que proyecta mi sombra atormentada sobre la pared. ¿Existe alguna puerta acaso, que pueda abrir en cierto momento y salir huyendo? ¿Dónde estaría yo se me hubiese atrevido a dejar la isla, si hubiese tenido el valor de hacer aquellas cosas que me gustaban y para las que estaba inclinado de forma natural? ¿dónde viviría ahora? ¿Quiénes serían mis amigos? ¿con quién estaría casado? ¿dónde están ahora esas mujeres que tendría que haber amado si hubiese seguido el camino natural, el que marcaban los genes, el que indicaba mi corazón? Quizá en alguna parte de Madrid hay una mujer llamada Marta que yo tenia que haber amado pero nunca nos llegamos a conocer por mi cobardía, por mi atolondramiento, por mi vagancia. Al final he acabado en ninguna parte, en la isla de la melancolía, golpeado por la soledad y el fracaso, aturdido y asustado como esos pingüinos, buscando, soñando un nuevo destino, otra oportunidad, en otra ciudad, en otro trabajo. Una oportunidad de hacer algo más auténtico en lo que poder creer aunque fracase.
Belfast tiene un río, se llama Lagen. Cuando vuelvo a mi casa tengo que cruzar el río, sus aguas oscuras, densas, lentas, parecen de chocolate, El río Lagen separa un barrio católico de otro protestante. Nada más cruzarlo dos banderas británicas ondean desde lo alto de dos farolas para anunciar la entrada en zona protestante. Si no fuese por este detalle no tendría ni idea que de el río es una frontera; tras el río de chocolate surge, como un susto, un parque enorme, el Ormeau Park. Con sus robles, encinas, nogales y plátanos. En pleno verano se sienten los anticipos del otoño, lo que me hace sentirme melancólico. Algunas hojas amarillas matizan con motas de color el césped.
Cruzo el río Lagen y parece que estoy cruzando una linde en mi vida, en este viaje hacia ninguna parte. La linde que me separa de ella, donde nuestros caminos se bifurcan definitivamente.
servido por josefk
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13 Julio 2010
Regreso a Belfast con el corazón encogido y me recibe una noche de primavera, de árboles lánguidos y extrema soledad. Cuando, pasada la medianoche, salgo del aeropuerto pomposamente llamado Internacional, descubro que no hay autobuses ni taxis. Sólo la noche cerrada y algunos empleados rezagados que regresan a sus casas. El frío agudiza mi aturdimiento, pregunto, no hay más taxis, no quedan vuelos ni pasajeros. ¿Estaré muerto y no me habré dado cuenta? La situación resulta inquietante; podría llamar a un taxi pero mi móvil tiene la batería agotada y tampoco tengo el cargador a mano. De repente un taxista mayor, emerge de la nada, le pregunto, se ofrece encantado y ahí estoy, dentro de su cab camino de Belfast. La noche oscura, acechante, los árboles tristones, con los brotes de la primavera aún sin hojas. Hablamos de fútbol, de España y el sol. Todos los taxistas de Belfast adoran España, el clima, el fútbol. Siempre soy inquerido acerca de mis filias, ¿del Barcelona o del Madrid? No debieron dejar salir a fulano, ¿no cree que mengano es muy bueno? Llego a mi calle, St Judes Crescent. Tengo que despertar a mi amigo italiano y es la una y media. El taxista se preocupa por mí, espera a que Alberto salga a abrir la puerta y sale de su taxi a despedirme: no quiere dejarme tirado en mitad de la noche norirlandesa. Nos despedimos con un apretón de manos. Y aquí estoy, en mi cuarto sencillo, que me recuerda al del cuadro de Van Ghogh, con su silla, armario, suelo de madera con nudos. Una lámpara sobre la única mesilla que da una luz amarilla a toda la estancia, una ventana que encara uno de esos patios británicos, misteriosos, un poco destartalados, a veces con un jardín , a veces simplemente abandonado. Patios que se ramifican en la distancia con casas, todas similares, de ladrillo rojo, con variaciones de ese diseño único victoriano que se replica como un clon imposible por todo el país, de una forma obsesiva, incomprensible, sobre todo, para un extranjero. Me instalo en mi habitación de Van Ghogh, tras las cortesías de rigor, y me siento confortable, tranquilo y melancólico. Con ganas de enviar mensajes de texto sin saber muy bien a quién. El frío me acuna, me reconcilia con la situación gracias al confort de la habitación, con la cama, que parece el mejor de los mundos tras el edredón nórdico. Abro la ventana para que penetre el frío en la habitación. He comprobado que mi sueño es mejor, más profundo, más reparador, si la temperatura de la habitación disminuye. He de entregarme a ese sueño antes de que mis pensamientos regresen y me hieran y me dejen abandonado e insomne en mitad de la noche, como un niño perdido en la intemperie.
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4 Octubre 2009
El otoño avanza... árboles de hojas amarillas, ocres y verdes, despejan su cabellera cadenciosamente. El otoño hunde sus violines agudos en el corazón de las gentes, nos traiciona con vientos de puñal y remolinos de hojas secas. El otoño es un caballero de manos blancas que me amenaza desde algún lugar oscuro, desde alguna nube cargada de lluvia, desde el crepúsculo lloroso de estas tardes lánguidas. Pero yo, armado con mis pastillas, mis poemas y mi soledad, le espero sin miedo, desbarato sus tretas y nostalgias, deshago sus ovillos torpes. Yo, loco, frente al otoño, lo desafió con un grito que rompe sus violines malignos, lo domestico, comienzo a acariciarlo como a una bestia. Desarmado de nostalgias y dolores, convierto al otoño en mi mascota y comienzo a disfrutar de la cadencia de las hojas ocres, de las calles flanqueadas de árboles desmelenándose a mi paso, como haciendo una reverencia. Voy a atravesar el otoño con mi té, mi paciencia y mis poemas; lo voy a hacer mío: será mi otoño. Mi otoño cautivo y desarmado con sus hojas secas.
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28 Agosto 2009
La soledad es una estación vacía, un tren que llega donde no quedan orquestas por esperarte. Pienso, pienso y descubro un corazón dentro de mi corazón lleno de largas estancias que recorro con una vela. Me parece un prodigio, una selva negra, un apartamento con vistas a Manhattan. Nada hay que alcance las estancias de techos altos y vigas fuertes del corazón de mi corazón. Este solo me pertenece. Soy un Robinson Crusoe, un gigante poderoso que emerge de las ruinas de una ciudad bombardeada. Ha caído la bomba atómica pero yo he sobrevivido. El rey ha muerto, viva el rey. Ese rey soy yo, el gigante de botas de siete leguas, de lenguas de siete botas. Recorro mis dominios con mis botas, sabiéndome dueño de mi tiempo, capitán de mi destino, general de las provincias de mi imperio. Recorro las estancias del corazón de mi corazón con una vela, solo, enloquecido y a cada paso que doy mi corazón se multiplica como un imperio poderoso. El rey ha muerto: viva el rey.
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